Flor de Umbría

La infancia, cuando vive en medio de la Naturaleza, suele relacionarse con los seres vivos que la pueblan, con las configuraciones de carbono más variegadas, de igual a igual, porque el niño verdadero, y más aquél que vive en la Naturaleza, es un puro grito de Naturaleza. De ahí que la magia que ve escondida en ella, simbolizada por la mitología infantil con la que los adultos la acunan y decoran sus sueños — que probablemente encierren una verdad en la que los adultos ya no creen -, evoca una realidad de númenes, de “gente pensante que vive bajo las cosas”, que para sabios como Jung se acercan más a la realidad del ser, a una ontología que sólo sorprende a los niños porque sólo la pureza de los niños es merecedora de verla, y porque la educación supone muchas veces el completo hebetamiento de los poros del alma, de las antenas sensitivas de la mónada con ventanas abiertas que constituye al niño, que acabará olvidándose de que los ángeles regalan polvo de estrellas a las mariposas para que puedan volar. En ese sentido José Luis Paniagua es un buen rousseauniano, y yo comparto con él totalmente esta postura, lo mismo que otras muchas mundivisiones que él tiene y nos regala.

Es por ello que el mencionado Jung veía en el niño el único recipiente posible para guardar los remanentes arcaicos de la humanidad. Lo que los psicólogos llaman identidad psíquica o “participación mística”, ha sido eliminada de nuestro mundo de adultos, pero aún se mantiene en los niños que responden paradigmáticamente a la idea de niñez. Pero tampoco podemos permitirnos ser ingenuos o ñoños al tratar con el mundo de los niños. En él vive un espíritu que no es totalmente humano, sino más bien una bocanada de naturaleza, un espíritu de diosas bellas y generosas pero también crueles. Si los adultos hemos desposeído a todas las cosas de su misterios y numinosidad, no siendo ya nada sagrado para nosotros, José Luis Paniagua nos recuerda que la infancia es un recipiente que aún contiene este numinosidad sagrada. Y mucho más, si el niño ha vivido en la Naturaleza, y no la observa con una escala de importancia a los ojos de Creador, del gusano o la hormiga, pasando por la mariposa, los pájaros, los reptiles, los mamíferos, sino que la ve como participando toda de un mismo sensus communis que lo fundamenta todo.

El mágico paraje de Venta de Cárdenas cobraba especial misterio durante la noche, ya que desprovisto entonces de luz eléctrica, lo hacían fantasmal, con profundos toques de irrealidad perturbadora — de noche todos los gatos son pardos -, la luz vacilante de las velas, los quinqués, los candiles, el carburo, etc. Y ello subrayaba la presencia de los intermundia a los ojos pasmados del niño.

Aunque la fauna humana que se nos describe se hace con el análisis propio de una inteligencia adulta, los datos que se utilizan para llevarla a cabo son los que aportan los ojos puros de un niño, lo que hace más interesante la etopeya de los personajes.

Emilita y su perro representan la sagrada reanudación invicta de la vida, que sin olvidar a los muertos se ve abocada a mirar hacia adelante, y que se activa siempre más a partir de la excitación de los cuerpos que la del alma. En fin, magnífica novela de un tiempo nunca perdido, muy bien escrita, y que yo les recomiendo leer en esta época de calor estival. Además. José Luis Paniagua Tébar es ya un valor seguro en las letras españolas.

Martín Miguel Rubio Esteban. Doctor en Filología Clásica

El Imparcial (20-06-2014)

 

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