Flor de Umbría

La infancia, cuando vive en medio de la Naturaleza, suele relacionarse con los seres vivos que la pueblan, con las configuraciones de carbono más variegadas, de igual a igual, porque el niño verdadero, y más aquél que vive en la Naturaleza, es un puro grito de Naturaleza. De ahí que la magia que ve escondida en ella, simbolizada por la mitología infantil con la que los adultos la acunan y decoran sus sueños — que probablemente encierren una verdad en la que los adultos ya no creen -, evoca una realidad de númenes, de “gente pensante que vive bajo las cosas”, que para sabios como Jung se acercan más a la realidad del ser, a una ontología que sólo sorprende a los niños porque sólo la pureza de los niños es merecedora de verla, y porque la educación supone muchas veces el completo hebetamiento de los poros del alma, de las antenas sensitivas de la mónada con ventanas abiertas que constituye al niño, que acabará olvidándose de que los ángeles regalan polvo de estrellas a las mariposas para que puedan volar. En ese sentido José Luis Paniagua es un buen rousseauniano, y yo comparto con él totalmente esta postura, lo mismo que otras muchas mundivisiones que él tiene y nos regala.

La mariposa blanca

En “La Mariposa Blanca”, José Luis Paniagua, un científico, escritor, deportista y gran amigo (Grandes amigos él y su esposa María), nos introduce, siguiendo los pasos de la dulce y bella Tania, personaje central del libro, en una saga fantástica, la de “La Mariposa Blanca”, flor emblemática del Caribe que da título al libro. Solo al final de su lectura alcanzaremos a comprender por qué.

Al recorrer sus páginas nos hallamos en presencia de los personajes, sus problemas, sus vivencias, sus pasiones y los escenarios en los que se mueven. Las imágenes que los describen no solo son brillantes sino sugestivas al máximo hasta en los más mínimos detalles (Como la descripción de una pequeña “chancha” correteando en un patio…). Lo son en el sentido novelístico y en el histórico.

Aquí, en esta tercera entrega de una trilogía que comienza con “La Casa de los Cristales”, sigue con “Allende los Mares”, galopan (¡Se trata mucho de caballos en el libro!) los jinetes del destino de dos familias, que ya conocemos por los libros anteriores: los Merlo de la Calzada y los Mejía Corredor, enemigas y también aliadas, de dos pueblos, el español y el cubano, dos dinastías: la carlista y la llamada liberal, dos historias en el sentido más inmediato y, a la vez, científico del término, la épica y la íntima de los personajes.

Allende los mares

“A ningún libro malo le ha servido nunca para nada el prólogo lleno de autoridad; y, a su vez, esta autorización protocolaria del hombre prestigioso, sobra y aún estorba cuando el libro es excelente.

 Tradicionalmente el prólogo se construye como una exégesis del logos o la fábula antepuesta al propio logos. Es decir, se presenta como la primera explicación o hermenéutica de un libro. No es éste el caso. Este prólogo tiene un simple sentido “kerygmático” del presente libro. Es decir, sólo puede servir como anunciador o pregonero de ciertas cosas que contiene este gran libro narrativo, novela de época, entre otras cosas, sin ningún anacronismo, y por ello, verdadero hápax editorial en esta época de infames escritores coronados con las bayas y el laurel marchito del Premio Príncipe de Asturias.

El autor es uno de los pocos escritores interesantes que a la sazón tenemos en el panorama de las letras español.

La casa de los cristales

“José Luis Paniagua Tébar es un intelectual de corte renacentista. En ningún período de la Historia de Occidente se ha cumplido tanto el adagio, aforismo o chreía terenciano de “Homo sum et nihil humani a me alienum puto” ( Heautontimoroúmenos ) como en el Renacimiento, nombre con que Burckhardt, en 1860, bautizó a esa época en el que el espíritu humano ( europeo ) voló “casi” tan alto como en el Mundo Clásico. Efectivamente José Luis Paniagua es un hombre de ciencia interesado por todo ( polihístor, polimático ) que escribe libros de humanidades y magníficas novelas costumbristas o de época sobre un marcado fondo histórico. Su última novela con que disfrutamos, “La Casa de los Cristales”, Ediciones Librería Argentina, 2011, es básicamente histórica, y en ella, teniendo todas las guerras carlistas y sus viejos antecedentes ( el carlismo es una idea política muy anterior a Carlos Isidro ), de la primera a la última (¿la última?), como el eje diacrónico narrativo, intenta encontrar y, con ello, hacer una hermenéutica brillantemente literaria, de “las dos Españas” que nos explican y cuya exacta comprensión podría ofrecer una paz interior o, por lo menos, dejarnos en una desazón cuya fuente conocemos. Dos familias, los Merlo de la Calzada ( prudentes, austeros, justos, hidalgos, razonables, solidarios, humanitarios ) y los Mejía Corredor ( excesivos, arrolladores, desquiciados, ricos, soberbios, clasistas, arrogantes ) simbolizan esas dos Españas que se afanan con hacerse con una esbelta casa familiar, La Casa de los Cristales, que quizás simplemente encierre al pueblo español, corriente y moliente, antaño, además, devoto y lujurioso sin contradicción, de cuyas debilidades y equivocada educación intentan aprovecharse los capitanes de esas dos Españas. Esta novela de José Luis Paniagua nos hace recordar inevitablemente la gran novelería del elegante y liberal Eça de Queiroz, quizás el mejor novelista de la Península Ibérica del siglo XIX, tanto por su penetración psicológica en los personajes como por una pátina de melancolía que envuelve aquella sociedad patriarcal, de amos y criados leales, que aunque aborrecible políticamente hablando para ambos escritores, contenía, empero, cierta ética que garantizaba compromisos interpersonales y algunos otros valores de humanidad — los propios de la auténtica hidalguía – que la modernidad de la cruda barbarie capitalista ha arrasado. Así la novela de José Luis Paniagua es también una novela sobre los últimos hidalgos españoles.

Plazoleta Balbuena

“Durante millones de años nuestros antepasados no tuvieron mas cabalgadura que sus propias piernas, ni otro reloj que el latido de sus corazones. Hace muy poco tiempo, dentro de la escala de medidas que sigue la evolución, consiguieron domesticar al caballo y descubrir la rueda. En los comienzos del Siglo XIX, el escocés James Watt ingenió la máquina, mientras reparaba unas averías que se habían producido en la caldera de vapor de su compatriota Newcomb. Sesudos científicos de la época, alarmados por el riesgo de tan demoníaco y antinatural invento, afirmaban que el ser humano se desintegraría si se desplazaba a velocidades superiores a los cuarenta kilómetros a la hora. (La escala se establecía en función de los treinta y seis del galope tendido del caballo).

Las máquinas han superado hasta lo inimaginable tan temerosos límites y retozan alegremente por las galaxias contaminando de residuos el espacio sideral. La ciencia y la técnica han dado pasos de gigante que no guardan relación alguna con el miedo-pánico que nos genera saber de nuestra inevitable finitud. Nuestras emociones y nuestros conflictos existenciales son los mismos que los de nuestros más remotos antepasados, pero son harto diferentes los ritmos. El paisaje que se contempla, las reflexiones que se realizan, las sensaciones que se catalizan caminando, a lomos de un caballo o a la vertiginosa velocidad de un Jet con los pies por las nubes, nada tienen que ver. Cada nueva generación pasa por el tiempo a mayor velocidad. Esta evidencia se traduce en un sentir de la vida más efímero y breve, aún cuando sea mayor el número de años transcurridos entre nuestro nacer y nuestro desaparecer.

Hotel La Paloma

“Hay en el conjunto global del tiempo en que se desarrolla la temática del “Hotel La Paloma” algo que nos hace pensar en “El siglo de las luces”, del cubano Alejo Carpentier y en “Cien años de soledad” de García Márquez, pues las cuatro generaciones con que José Luis Paniagua se sirve para el planteamiento y despliegue de su novela están utilizando el tiempo/espacio que abarca prácticamente una centuria, tal y como sucede en los dos citados títulos de los autores hispanoamericanos. De igual modo hay cierta analogía en cada uno de los personajes que aparecen con mayor carácter en “Hotel la Paloma” y en “Cien años de soledad”: ambos son las abuelas de su respectiva historia, ambos controlan y dominan el ambiente familiar y las dos pretenden imponer su criterio y dominio sobre cuantos parientes y allegados tienen a su alrededor dentro de una casa grande en el círculo de un pueblo, cuyo poder socio-económico familiar, aminora.

El principal espacio/ tiempo en que se desarrolla la novela se centra en décadas tan controvertidas y dispares para la historia española como son las que se inician con el primer enfrentamiento mundial hasta llegar a las pequeñas libertades de los últimos años del franquismo pasando por los de Primo de Rivera, la República, la Guerra Civil y los represivos que siguieron a ésta; áspero conjunto que repercutió en la sociedad española de aquel tiempo, máxime en lo que suponía el recinto de un pueblo relativamente grande.