Plazoleta Balbuena

“Durante millones de años nuestros antepasados no tuvieron mas cabalgadura que sus propias piernas, ni otro reloj que el latido de sus corazones. Hace muy poco tiempo, dentro de la escala de medidas que sigue la evolución, consiguieron domesticar al caballo y descubrir la rueda. En los comienzos del Siglo XIX, el escocés James Watt ingenió la máquina, mientras reparaba unas averías que se habían producido en la caldera de vapor de su compatriota Newcomb. Sesudos científicos de la época, alarmados por el riesgo de tan demoníaco y antinatural invento, afirmaban que el ser humano se desintegraría si se desplazaba a velocidades superiores a los cuarenta kilómetros a la hora. (La escala se establecía en función de los treinta y seis del galope tendido del caballo).

Las máquinas han superado hasta lo inimaginable tan temerosos límites y retozan alegremente por las galaxias contaminando de residuos el espacio sideral. La ciencia y la técnica han dado pasos de gigante que no guardan relación alguna con el miedo-pánico que nos genera saber de nuestra inevitable finitud. Nuestras emociones y nuestros conflictos existenciales son los mismos que los de nuestros más remotos antepasados, pero son harto diferentes los ritmos. El paisaje que se contempla, las reflexiones que se realizan, las sensaciones que se catalizan caminando, a lomos de un caballo o a la vertiginosa velocidad de un Jet con los pies por las nubes, nada tienen que ver. Cada nueva generación pasa por el tiempo a mayor velocidad. Esta evidencia se traduce en un sentir de la vida más efímero y breve, aún cuando sea mayor el número de años transcurridos entre nuestro nacer y nuestro desaparecer.

Durante la guerra civil española y la segunda guerra mundial, en los regimientos de caballería se entremezclaban caballos y tanques, vida orgánica y material inorgánico, inanimado. En los campos de cultivo, comenzaron a ganar la batalla los tractores a las yuntas de mulas, bueyes y caballos. En éste periodo de transición fue posible percibir la vida desde dos prismas y ritmos diferentes, como lo fueron la educación y las costumbres. Las injusticias, los desamores, los recelos, continúan sin cambio sustancial alguno desde el día en el que, allá por la sabana africana, un homínido se transformo en curioso e insatisfecho homo sapiens.Plazoleta Balbuena es el lugar de encuentro y paso de los personajes de ésta novela. Sus vidas y obras, amores y desamores, permitirán al lector situarse en ese pasado inmediato de transición, en ese tiempo que ya fue.”

Basilio Rodríguez

 “Qué interesante este modo oblicuo de hablar de sí; qué inteligente manera de dejar la voz a otros a través de los cuales uno se retrata. Quizá es el origen de lo que llamamos ficción literaria. Lo es, en cualquier caso, en las novelas de Paniagua y muy especialmente en esta de Plazoleta Balbuena, en la que otra vez nos lleva mágicamente al pasado. Ha conseguido dibujar a la perfección la atmósfera de un pueblo español en esos años centrales de la dictadura de Franco. Además del valor literario que podemos otorgarle a las dos novelas hasta ahora publicadas de José Luis Paniagua, tanto Hotel La Paloma como Plazoleta Balbuena presentan el indudable mérito de servir de crónica de un tiempo ya ido, la preguerra y la posguerra.”

Jesús Barrajón

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